Urbanismo feminista y ecologismo: La vida en el centro




Valentina Pineda

Geógrafa Feminista


Introducción


La ciudad no es neutra, en ella se expresan y materializan diversas relaciones de poder y de género. En el presente artículo se abordará cómo el sistema patriarcal está plasmado en las ciudades y, en segundo lugar, cuál es su relación con la crisis medioambiental que durante los últimos años se ha conceptualizado como el “cambio climático”. Por último, se presentará un esbozo de cómo el urbanismo con perspectiva feminista y más específicamente “ecofeminista” se plantea como una opción y una urgencia que viene a cuestionar al urbanismo tradicional y propone una nueva forma de construir ciudades: poniendo la sostenibilidad de la vida y los cuidados en el centro.


La segregación urbana y la división sexual del espacio


Según Valdivia (2018) a partir de la Revolución Industrial se da inicio a una segmentación de espacios urbanos en función de las actividades que se desarrollan en ellos, dando paso a un urbanismo funcional y “racional”. Esta segmentación estaría dada de acuerdo con la división sexual del trabajo y a la definición de que aquellos espacios donde se desenvuelve la vida productiva (trabajo remunerado y político) está vinculado al “espacio público” masculino y aquello relacionado al ámbito reproductivo (cuidados y mantención de la vida), al “espacio privado” o íntimo, confinando históricamente en él a las mujeres. Esta segregación binaria no es menor, dado que su repercusión en lo urbano se traduce en que las ciudades no fueran pensadas para todas las personas que las habitan y mucho menos consideraran satisfacer los cuidados, incidiendo de manera directa en la calidad de vida de quienes se ocupan de estas tareas. Es decir, reproducen una realidad material donde existe una cierta priorización de actividades y funciones, tanto en el diseño urbano como en su propio ecosistema, estableciendo en la configuración espacial una perspectiva androcéntrica (Muxi, Casanovas, Ciocoletto, Fonseca, & Gutiérrez, 2011; Ortíz, 2007; Valdivia, 2018). En ese sentido, podríamos hablar de una división sexual del espacio, como bien conceptualiza Valdivia (2018) .


La experiencia de las mujeres en el espacio urbano es distinta a la de los hombres, pero sería erróneo reproducir la misma lógica binaria para comprender esta realidad. Si aplicamos un enfoque interseccional, podemos afirmar que dentro de las variables que determinan la experiencia urbana también se cruzan aquellas relacionadas con la edad, la racialización, la condición migrante, la situación de discapacidad o movilidad reducida, y muchas otras que nos entregan una panorámica más amplia y compuesta por todas las personas en su inmensa diversidad, contraponiéndose a la universalización del “hombre” como sujeto referente para construir la ciudad. El urbanismo tradicional se erige sobre esta falsa universalidad de la humanidad, que, como afirma Muxi y otros, Casanovas, Ciocoletto, Fonseca, & Gutierrez. (2011), esconde el sujeto real de derecho que es quien ha conformado con sus necesidades la falsa neutralidad.


El funcionalismo urbano en el marco de un modelo de desarrollo arraigado al neoliberalismo ha tendido a diseñar y producir espacios que le sean eficientes a lo productivo, segmentando física y socialmente la ciudad, separando las zonas que la componen. En las ciudades “modernas” tienden a haber diversas áreas especializadas, ya sean residenciales, comerciales, productivas o de transporte, que generan una segregación de usos y fragmentación en los ámbitos sociales, económicos y funcionales; una configuración espacial y territorial desvinculada del territorio en cuanto a su capacidad ecológica, colocando al urbanismo al servicio del sistema económico capitalista (Herrero, 2011; Miralles, 1998). Al respecto, Montoya (2012) añade que las ciudades se han caracterizado por ser escenario de ciertas violencias y autoritarismos de los poderes públicos y del establecimiento de excluyentes órdenes de género, que han implicado el goce diferencial del derecho a la ciudad.


Si el espacio es construido de acuerdo a valores que priorizan lo productivo y esto se estructura con base en un sistema de flujos, es correcto considerar que las actuales autopistas urbanas se han transformado paulatinamente en la columna vertebral de las ciudades neoliberales modernas y que su elemento dinamizador está constituido por el automóvil privado. Esto ya lo auguraba Jane Jacobs al referirse a la importancia de las calles como espacio público por excelencia, “sus órganos más vitales”, pero que, de manera intensiva, durante el siglo XX, habían sido despojadas a las personas para darle cabida al tráfico motorizado (Jacobs, 1961).


Sobre el neoliberalismo y el deterioro del medio ambiente


En suma a este panorama, el deterioro sistemático del medio ambiente se ha agudizado los últimos años como consecuencia directa del modelo neoliberal y el sistema capitalista de producción, lo cual ha instalado una crisis ecológica global que pone en riesgo la sostenibilidad de la vida. Sin embargo, no es correcto afirmar que el deterioro ambiental tiene un asidero único en el neoliberalismo. El antropocentrismo, visión y práctica que confiere una superioridad de los seres humanos por sobre la naturaleza y la considera sólo de modo indirecto (Ferry, 1992; Heffes, 2014), es la idea que subyace y sostiene a la “sociedad moderna”.La naturaleza es entendida como aquello que rodea al ser humano, la periferia y no el centro, por lo que no se le puede considerar como sujeto de derecho, una entidad poseedora de un valor absoluto en sí misma (Ferry, 1992: 32). Por lo tanto el sistema económico y político actual es además de neoliberal, antropocéntrico. Actualmente, el metabolismo físico de la economía occidental supera la capacidad de regeneración del planeta, como consecuencia del aumento en la producción de toda índole, resultado principalmente asociado a la explotación de combustibles fósiles (Herrero, 2012) y la renta del suelo.


La introducción del modelo neoliberal en Chile se llevó a cabo durante el proceso de dictadura y logró calar en todos los ámbitos posibles de la sociedad chilena. A fines de los años 70, esto se tradujo en la formulación de una nueva Política Nacional de Desarrollo Urbano, donde se estableció que "la modalidad de desarrollo que se aplica actualmente en el país y sus consecuentes políticas económicas y sociales han hecho necesario revisar el enfoque y los instrumentos técnicos y jurídicos con que, en el pasado, se ha conducido el proceso de desarrollo urbano" (MINVU, 1981:10, citado en Daher, 1991). En el mismo documento se determina que "el suelo urbano no es un recurso escaso" y que "el uso del suelo queda definido por su mayor rentabilidad. La tierra es un recurso que se transa en forma libre (...)"; "Se definirán procedimientos y se eliminarán restricciones de modo de permitir el crecimiento natural de las áreas urbanas, siguiendo las tendencias del mercado" (MINVU, 1981a:10 y 13, citado en Daher, 1991). Esto produjo gravísimas consecuencias a causa de los incentivos en el plano de la inversión privada y la sistemática expansión a los mercados extranjeros. La apertura económica de Chile transformó todo el territorio, llevándose a cabo un proceso de extractivismo como modo por el cual la humanidad se apropia de los recursos de la Naturaleza y los insertan en distintas estrategias productivas (Gudynas, 2016). Pero también existe un extractivismo urbano, concepto acuñado por Vásquez (2016) para referirse a la tipología de ciudad procedente del modelo neoliberal, principalmente en América Latina, que guarda relación con las problemáticas habitacionales, sociales y, sobre todo, ambientales de la ciudad.


En el informe publicado el año 2019 por IQAir AirVisual, los países que tienen peores índices de contaminación en América Latina y el Caribe son Perú, Chile, México, Brasil, Colombia y Puerto Rico. En el caso de Chile, el país posee los niveles de contaminación más altas de MP 2.5, registrando cinco ciudades dentro las más contaminadas del mundo (IQAir Air Visual, 2018). El estudio considera que dentro de las razones para los altos niveles de contaminación ambiental, se encuentran las emisiones provenientes de la agricultura, el transporte motorizado, así como la quema de biomasa para la calefacción y la cocina doméstica y comercial. Esto se condice con el Cuarto Reporte del Estado del Medio Ambiente del Ministerio del Medio Ambiente de Chile, donde se especifica que la calidad del aire del país es un aspecto de gran preocupación, y que el año 2017, más de 8 millones de habitantes del país se encontraban bajo la exposición de concentraciones promedio de material particulado fino (MP2,5) superiores a la norma, estimándose alrededor de 3.500 casos de mortalidad prematura por enfermedades cardiopulmonares asociadas a la exposición crónica a este contaminante, entre otros impactos (Ministerio del Medio Ambiente, 2018:7).


El mismo informe aborda cuáles son los principales ámbitos de contaminación, entre los cuales se encuentran el manejo de residuos, el agua, la capa de ozono, los suelos, la biodiversidad, entre otros. Para los ámbitos contemplados, Chile sobrepasa los estándares internacionales y se posiciona como un país que, a pesar de asumir ciertos compromisos internacionales, ha sido incapaz de reducir el impacto ambiental relacionado a la manera en cómo el país funciona y estructura tanto su economía como su forma de habitar.

Es importante considerar que, según datos del Banco Mundial (2019), actualmente más del 88% de las personas que viven en espacios urbanos en Chile, lo cual implica que una gran mayoría de la población está expuesta a niveles altísimos de contaminación de manera cotidiana, que se agudiza en ciertos periodos del año a causa de, por ejemplo, el cambio en la matriz de ciertos contaminantes y las condiciones de ventilación, tal como es el caso de las grandes ciudades en el periodo invernal.


El Ecofeminismo: la urgencia de colocar la vida en el centro


En este punto es importante articular el por qué el ecofeminismo es una apuesta que auna las problemáticas previamente expuestas, como lo son, la división sexual del espacio y las consecuencias nocivas para las mujeres, desde la perspectiva del urbanismo feminista, y por otro lado, como la crisis ecológica está intrincada al mismo modelo de ciudad.

Para Yayo Herrero (2018) la ciudad neoliberal y el neoliberalismo como sistema económico, ignora aquello que es imprescindible para mantener la vida, construyendo formas de producción y consumo e incluso instituciones que se organizan en torno a prioridades que chocan con las bases materiales que aseguran nuestra propia existencia como humanida. En ese sentido, sostiene que las personas somos ecodependientes, puesto que estamos sujetos a los límites físicos del planeta, límites ecológicos que, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL, 2018), para el año 2018, ya habían sido superados al menos cuatro de los nueve establecidos por el Stockholm Resilience Centre: capa de ozono estratosférico, biodiversidad, productos químicos de dispersión, cambio climático, acidificación de los océanos, consumo de agua dulce y el ciclo hidrológico global, sistema Tierra, los aportes de nitrógeno y fósforo en la biósfera y los océanos y, por último, aerosol atmosférico (Rockström, y otros, 2009).


Al mismo tiempo que la humanidad es ecodependiente y que la base material de nuestra existencia se encuentra cada vez en más riesgo, también somos cuerpos vulnerables. Esto significa que nuestras vidas tarde o temprano tendrán alguna dependencia y requerirán cuidados, ya sea desde el nacimiento y niñez, la enfermedad, la vejez o la diversidad funcional.


Estas actividades, las relacionadas a los cuidados, como se dijo en los inicios del presente artículo, ha sido atribuida históricamente a las mujeres. No se trata de que exista una relación intrincada ni escencialista entre las mujeres y la naturaleza. La división sexual del trabajo y sus consecuentes roles de género son una construcción social, cuyos cimientos se encuentran en el partriarcado. Sin embargo, es fundamental visibilizar la participación protagónica de las mujeres en las resistencias por el habitar, en defensa de los territorios, contra el extractivismo en cualquiera que sea el contexto geográfico, por la vivienda digna y por mantener la vida y los cuidados como condición mínima de la existencia humana (Vasquez, 2016). Es por tanto fundamental, como asevera Vásquez (2016), el cruce entre feminismo y ecología para abordar las problemáticas en contextos urbanos frente al modelo neoliberal extractivo que está instalado en las ciudades modernas.


Al respecto, problemática ambiental y el feminismo se retroalimentan directamente, pues tienen un orígen de lucha común: la subordinación, el control y la violencia. Así el ecofeminismo formula un discurso teórico que conecta la opresión de las mujeres con la dominación de la naturaleza (Heffes, 2014) y busca encontrar una salida a la actual crisis ecológica por medio de la emancipación de todas las personas, criticando el actual modelo de desarrollo, en androcentrísmo y antropocentrísmo (Herrero, 2018; Perales, 2014; Pérez Neira & Soler Montiel, 2013). El ecofeminismo se posiciona en contra del neoliberalismo extractivista, pero también critica el concepto de desarrollo sustentable y al activismo ambientalista o ecología superficial (shallow ecology) dado que no cuestionan necesariamente el modelo económico ni el paradigma desarrollista, sino que en muchos casos buscan maneras de mitigarlo para mantener un estándar de vida convencional oponiéndose a ciertos cambios radicales (Monasterio & Rico, 2008; Ferry, 1992; Heffes, 2014). De esta forma, la propuesta del ecofeminismo se relaciona más a las teorías del decrecimiento y a la ecología política y social.


Cuando hablamos de las mujeres y la segregación en el marco de la división sexual del espacio, nos referimos también a que las mujeres han sido invisibilizadas de los procesos de planificación. Las reivindicaciones de las mujeres en las ciudades se relacionan, por ejemplo, con la integración a la ciudad, el acceso igualitario a los servicios públicos y la mejora de los espacios comunes, siendo estos últimos los más despojados de los entornos urbanos para dar cabida a los espacios de flujos cuyo protagonista es el automóvil y no las personas que ocupan el espacio, ya sea en sus modos activos o de descanso e interacción social, quienes son las principales usuarias del transporte público (Vásquez, 2016; Jirón, 2007) y a la vez demandan la deficiencia de los servicios públicos y la insuficiencia de equipamiento comunitario.


Así el ecofeminismo promueve un enfoque que no se posiciona desde la carencia, sino desde la importancia de considerar los cuidados para pensar en una sociedad ecológica y socialmente sostenible, por medio de valores como la reciprocidad, la cooperación, el apoyo mutuo y la complementariedad (Svampa, 2015) .


Finalmente es importante anticipar que no existen recetas universales y que la transformación social, tanto de la humanidad como de las ciudades, estará supeditada a las condiciones materiales, la organización social y la voluntad política imperante. El tránsito a una sociedad ecológicamente sostenible y a la producción de ciudades que sigan aquellos valores no será posible en el modelo económico actual ni bajo la lógica del antropocentrismo hegemónico que coloca al ser humano en el centro de la vida, confiriéndole un rol secundario a todo el resto de lo vivo del planeta. No existen puntos medios cuando la presión científica es clara al manifestar que las condiciones de deterioro ambiental avanzan a pasos agigantados dando origen a una crisis climática que pone en riesgo las bases materiales que permiten la vida en su sentido más amplio. Tanto el feminismo, el ecologismo y las resistencias urbanas están llamadas a contribuir en la generación de alternativas con perspectiva local y contextual, que venga a disputar las formas de producción como la manera en que habitamos, rechazando al crecimiento económico como parámetro de beneficio social y colectivo, pues es en nombre del mismo que, como manifiesta Herrero (2018), se justifica que se arrebaten derechos laborales, se destruya el territorio, se eliminen los servicios públicos, se expulse y asesine a quienes resisten al extractivismo, se privaticen los servicios básicos y se llegue al extremo de cambiar el clima global.




Referencias.


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