"No corras como niña": Violencia de Género en espacios educacionales.

Actualizado: 19 nov 2021



Natalia Lara González

Licenciada en Historia

Diplomada en Estudios de Género

natalia.lara@ug.uchile.cl

Santiago, Puente Alto.

3/06/2020


Hablar de violencia en nuestros espacios es un tema que nos invita a reflexionar y a actuar a través de diversos aspectos y variables, los cuales se van entrelazando constantemente y terminan materializando nuestras relaciones cotidianas. La raza, la clase, y el género están presentes en todos nuestros espacios, y muchas veces, por no decir todas, son la base para formar relaciones jerárquicas de poder y claro está, de violencia.


En este caso, abordaré la violencia de género y el sexismo en espacios educacionales, los cuales están presentes poco tiempo en una vida promedio, pero que implican un proceso y una formación considerable en la vida de una persona, debido a que se limitan, se arman, se moldean y/o se cambian muchas veces nuestras personalidades, junto a que se viven situaciones que marcan precedentes en las vida de cada una/o.


El hecho de ser mujer y de pertenecer a las disidencias sexuales, lleva consigo ciertos márgenes y comportamientos a los cuales debemos atenernos quienes pertenecemos a esta “otra parte” de la sociedad, frases como “no corras como niña”, “siéntate como señorita”, “ese color es de niña” o “ no seas tan bruta jugando que pareces niño”, entre otras, son recurrentes en la mayoría de las infancias femeninas y masculinas , de apoco van permitiendo que se superponga la inferioridad, la duda, la culpa y el miedo, a la valentía, a la igualdad de oportunidades y derechos y a la seguridad.


Y por otro lado y al mismo tiempo comienza la apropiación de los espacios, juegos que requieren más lugares y dinamismo son abordados por pequeños varones a los que se les permite tener de por sí más espacio, ¿Quiénes ocupan la cancha del colegio?, ¿Quiénes merodean en pequeños grupos las esquinas de los mismos?


El aula escolar genera un espacio propicio para brindar la continuación tranquila del patriarcado y del Sistema sexo-género, garantiza su mantención, muchas veces inconscientemente, por ejemplo en los momentos en que se distinguen ciertas cualidades que se atribuyen a los géneros, sentar a los niños “desordenados” con las niñas “educadas o que se portan bien” influye en darles un rol formador y de cuidado a las mujeres, o también cuando se recalca la idea de que ellas son más “limpias y ordenadas” que los niños. Un buen comportamiento no distingue del género.


En contextos universitarios, la violencia que sufren las mujeres y la disidencia que están dentro de esta comunidad ya sea como estudiantes, funcionarias/os o académicas/os, se va rearticulando y cambiando en función de las relaciones de poder, que se funden a su vez en las lógicas patriarcales y heteronormativas.


Se supone que deberíamos ser conscientes de esta violencia pero muchas veces se encuentra naturalizada e interiorizada en nosotras mismas y en nuestra cotidianidad lo que provoca que incluso pasemos por alto nuestra incomodidad, nuestra poca apropiación de los espacios, y nuestras dudas, tal como hacen las niñas en la escuela.


Ejemplos universitarios tenemos muchos, se ha estudiado que es común que los profesores evadan comentarios de alumnas mujeres o los ignoren, además se han dado a conocer comentarios por parte de alumnos que mencionan que el estado de ánimo de una profesora dentro de la sala de clases depende de su vida personal sexo-afectiva pero no en el caso del estado de ánimo de un profesor hombre.


O por ejemplo, cuando un profesor acosa y hostiga sexualmente a estudiantes que inevitablemente se ven subordinadas por las posiciones jerárquicas, y a la llamada cultura del silencio, de la culpa y de la inseguridad hacia nosotras mismas, que nos enseñan de pequeñas, que le ha permitido a esta violencia patriarcal mantenerse a lo largo del tiempo dentro de los espacios educacionales.

El hecho de poner sobre la mesa estos temas, permite poner en práctica que las universidades y centros educacionales sean una parte primordial en los avances y discusiones sociopolíticas que se dan entorno a los temas de violencia hacia la mujer, y de las políticas de inclusión y de derechos, considerando que como espacios educativos y de cambio social deben promover el resguardo y la justicia para las niñas, las mujeres y las disidencias, que históricamente han sido renegadas/os al silencio y al conformismo que genera la sociedad neoliberal y la educación de mercado.


Organismos internacionales como la ONU han abordado, de cierta manera, la necesidad de realizar un cambio estructural y en un informe sobre “Leyes y prácticas discriminatorias y actos de violencia cometidos contra personas por su orientación sexual e identidad de género” mencionan “tanto el Comité de Derechos Humanos, el Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, como el Comité de los Derechos del Niño han expresado preocupación por la discriminación homofóbica en las escuelas y han pedido que se adopten medidas para contrarrestar las actitudes homofóbicas y transfóbicas.


Se destaca, como esfera de preocupación conexa, la educación sexual (…)También se han realizado, desde este mismo ámbito de derechos humanos, publicaciones de trascendencia sobre la temática, que apuntan a la importancia de la educación y capacitación para prevenir la discriminación y la estigmatización de las personas LGBT e intersexuales”.


Durante las reformas y modificaciones para poder contrarrestar las situaciones ocurridas en los distintos centros educacionales, se ha pasado por diversos procesos, pero no se ha podido concretar de manera real un espacio académico y educativo libre de violencia de género, sexismo, racismo, etc.


Por ejemplo al realizar un breve recorrido histórico por nuestro país, refiriéndonos sólo en cuanto a la implementación de una educación no sexista, en el texto “Insumo sobre Educación no sexista, para todes les estudiantes de Chile” se brinda un breve resumen, considerando como puntapié inicial la década de los 60´ donde se institucionaliza la educación sexual como una “práctica pedagógica” la cual se basaba en la familia heteronormada y cristiana.


Más adelante la dictadura de Augusto Pinochet hizo también lo suyo, modificando y censurando aun más la perspectiva de género, y para el retorno a la democracia se propone una nueva política de educación sexual pero que es objetada por la derecha conservadora, desde ahí hasta mediados de los 2000 fue un constante ir y venir en cuanto a propuestas y reformas, pero en la práctica se continuaba con lo mismo.


Lo más concreto se realiza el 2010 con la promulgación de la Ley 20418 que exige que se debe brindar el derecho a recibir la educación, información y orientación en “materia de regulación de la fertilidad”, por lo cual la educación sexual pasó a ser algo obligado para los establecimientos educacionales.


No deja de ser interesante, y también problemático que se utilicen los términos “regulación de la fertilidad”, podemos ver como la educación sexual se reduce solamente a tratar temas como la reproducción y la fertilidad, a la deriva quedan diversos temas a tratar, como la orientación sexual y la diversidad de género, el placer masculino y femenino, la salud sexual, el aborto, la violencia de género, el abuso etc. No se abordan temas como responsabilidad afectiva o consentimiento, lo que ayudaría a romper clásicos estereotipos o mandatos de género, lo que además prevendría el abuso sexual y el acoso.


A pesar de lo que ocurre en los establecimientos escolares, donde recién estamos avanzando más concretamente en abordar los temas mencionados, la universidad y los movimientos feministas han generado un escenario de resistencia, propuesta y de cambios concretos que han servido de ejemplo para proponer una educación sexual, una pedagogía disidente y feminista. Las movilizaciones estudiantiles comenzaron a poner en la palestra la educación sexual, con mayor ímpetu durante el año 2011 y mayormente con las polémicas denuncias a profesores universitarios a partir del año 2015, junto con hablar y proponer urgentemente la necesidad de un cambio estructural en la forma de practicar la docencia universitaria, y las relaciones sociales dentro de la educación superior.


En la Universidad de Chile se comenzó a trabajar en constituir guías de procedimiento y manuales cortos que finalmente derivaron en el “Protocolo de actuación ante denuncias sobre acoso sexual, acoso laboral y discriminación arbitraria”, el cual para mayo de 2018, reconocido como el mayo feminista, se comenzó a replicar en más universidades a lo largo del país.


Este hecho permite darnos cuenta de que es posible abrirnos paso a establecer centros educacionales libres de violencia de género, pero esto no implica necesariamente que haya un cambio real y consistente en las/os individuas/os que participan de estos espacios, ya que a la par del cambio institucional se requiere una toma de conciencia importante. Una desnaturalización de las prácticas tradicionales basadas en la jerarquía patriarcal y un consenso transversal de querer participar y ser parte de un espacio igualitario, inclusivo y justo para todos/as, ya que de manera crítica no podemos considerar que las movilizaciones feministas que hemos realizado pudieron llevar más a fondo las discusiones en torno a la violencia que sufren las mujeres y las disidencias tanto en la universidad como en colegios. Tampoco que este surgimiento de los protocolos y de los insumos para la educación no sexista hayan sido suficientes para impedir la reproducción de la violencia machista.


Este será un proceso más largo, y su urgencia radica en que vamos dando pasos de ensayo y de error, ya que muchas veces el contexto impide una buena aplicación de los protocolos contra la violencia, o en el caso escolar de la aplicación de una educación no sexista y de una educación sexual coherente y práctica, siempre hay resistencias, culturales, religiosas, políticas, y en gran medida institucionales.


Por ejemplo luego de algunos años de la aplicación de reformas a la educación sexual o de la aprobación de los protocolos universitarios, seguimos sabiendo que han sido, en muchos casos, insuficientes para llevar a buen puerto las denuncias, que los procesos burocráticos continúan desgastando e impidiendo vías claras para la recepción e investigación de las denuncias o que muchas veces se tiende a caer en re victimizaciones.


Por eso, se debe dejar de impedir la participación política real y además se debe dejar de disminuir a un rol secundario las exigencias y reclamos de las niñas, las mujeres y las disidencias en los centros educacionales, una cosa es permitir cambios institucionales con perspectiva de género y otra muy distinta es aceptarlos verdaderamente y trabajar en pos de que se cumplan, de una manera consciente y activa con el objetivo en común de erradicar la violencia de los espacios educativos; ya que si mantenemos la jerarquización patriarcal de las instituciones, la violencia estructural de género se seguirá fortaleciendo.


La escuela y la universidad permiten abrirnos paso en esta estructurada sociedad, pero si los espacios educacionales no se transforman en verdaderos ejes de cambio a la desigualdad, el resto de la sociedad tendrá un terreno aún más difícil en el cual poder realizar reformas o en lo posible, cambios radicales, debemos re pensar estos espacios desde una perspectiva de género inclusiva, antirracista e intercultural.


“Una escuela no sexista debería ser aquella que, antes que nada, reconoce que los procesos de enseñanza-aprendizaje se interdigitan con las construcciones de género (…) debe partir por reconocer las formas en que los regímenes de género se expresan en todas las funciones y tareas educativas y las formas en que afectan la presencia de mujeres y hombres, prestando atención de que esto no solo refiere a los(as) estudiantes, sino también a profesores(as), y administrativos”.


El proceso de cambio de un espacio lleno de violencia de género, a uno donde se replanteen las relaciones igualitariamente y no existan distinciones de unos por sobre otras, implica un largo cuestionamiento y reflexión, debemos hacer un esfuerzo político para desarticularnos de las visiones hegemónicas de lo que son las instituciones educativas y de las relaciones patriarcales-heteronormativas y binarias.


Al momento en el que somos capaces de posicionarnos como individuas frente a esta violencia donde las mujeres y la disidencia somos el punto de recepción, es donde comienza el proceso de articulación en conjunto y de lucha frente a las desigualdades.


Esta violencia reproducida en el espacio universitario y educacional, debe ser problematizada y pensando de manera radical y positiva, eliminada completamente, no sin antes haber pasado por un proceso de disputas políticas, de sentarse a reflexionar sobre cómo se articula esta violencia, cómo se ejerce, en pos de qué relaciones de poder, en función de qué categorías discrimina, segrega y violenta, como la raza, la clase, la sexualidad, etc. Todo esto para generar un espacio seguro, consciente y activo contra la sociedad capitalista-patriarcal, en pos, ojalá, de extrapolarlo posteriormente a una sociedad libre de violencia hacia las mujeres, las niñas y disidencias.


El proceso del debate sobre cómo terminar con la violencia de género en los espacios educativos sigue abierto, debido a las diferentes disputas políticas de los feminismos, a la diferentes formas de solucionar los problemas que derivan del patriarcado, desde la propia institucionalidad. Esto, en el fondo nos da un escenario largo de teorización, análisis y puesta en práctica de lo que consideramos debiera ser un espacio educacional libre de violencia.


No es una solución absorber las movilizaciones feministas dentro de la institucionalidad para aumentar las líneas de burocratización , sino que mantener la autonomía, y las diferencias políticas en confrontación, para plantear objetivos en común, como lo son el resguardo a las compañeras denunciantes estudiantes, docentes o funcionarias, la necesidad de acompañamiento psicológico capacitado, y evidentemente las sanciones pertinentes a los que ejercen la violencia, el acoso y el hostigamiento.


Debemos trabajar en conjunto, puesto que queda mucho trabajo por realizar tanto en las escuelas como en las universidades, dejemos de ponerlo como un punto en tabla a tratar para después, la discriminación y la violencia están ocurriendo ahora en las aulas, patios y pasillos porque ¡Se necesita, de forma urgente, una educación no sexista y disidente!


Referencias

-Guía Pedagógica para una Educación intercultural, anti-racista, y con perspectiva de género, Ideas, experiencias y herramientas. Programa Interdisciplinario de Estudios Migratorios (PRIEM)- Universidad Alberto Hurtado, Fundación para la superación de la pobreza (FUSUPO).

-“Insumo sobre educación no sexista, para todes les estudiantes de Chile” (2017) Carolina Riquelme, Loreto Vargas.

- “La otra reforma: el no sexismo como clave cultural del cambio en el sistema educacional” Revista Anales N°7 (2014) Maria Elena Acuña, Sonia Montecinos.

-Diversidad sexual e identidad de Género en la Educación, aportes para el debate en América Latina y el Caribe. Campaña Latinoamericana por el derecho a la Educación (2014).


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