El valor de lo público y la centralidad del suelo en plena crisis del capitalismo del desastre

Actualizado: mar 23

Por Geanina Zagal Ehrenfeld


Para quienes amamos el espacio público y encontramos los sentidos de la vida comunitaria en el, estar en estado de cuarentena producto de la pandemia de COVID-19, es una experiencia llena de contradicciones.


Vivo hace seis meses en la comunidad autonómica de Cataluña, en la ciudad de Barcelona. En cuyas calles su población disfruta de una larga historia de mejoramiento y valorización del espacio público.


Diseño urbano pensado para los cuidados y la vida comunitaria, parques donde los usos poseen una escala que permite que la población más vulnerable, niños niñas y adultos/as mayores/as encuentren refugio en actividades que los conectan a sus barrios y posibilitan el contacto, tan importante para la salud física, mental y espiritual de una persona.


Estos beneficios, han sido obtenidos gracias a la organización comunitaria y feminista que lleva años luchando por ciudades diseñadas para la vida cotidiana. Experiencias concretas de aplicación de urbanismo feminista las encontramos en organizaciones como Punt6 y Equal Saree.


Imagen: Entrada Jardines de la Rambla de Sants, Barcelona. 760 metros de espacio público sobre las líneas del tren. Ejemplo de recuperación de espacio degradado.


No obstante, la ciudad de Barcelona presenta fuertes contradicciones de clase que se plasman sobre todo en la distribución y el uso del suelo. Donde la apropiación capitalista de los negocios vinculados sobre todo al turismo, acentúan las diferencias en el acceso a servicios dentro de la ciudad, permitiendo a especuladores inmobiliarios subir los precios de los alquileres y las propiedades a gusto propio. Encareciendo la vida de los barrios y expulsando a las antiguas ocupantes, fenómeno conocido como Gentrificación. Cuestión que desde la crisis del 2008 ha movilizado a organizaciones como la Plataforma de Afectados por la Hipoteca y el Sindicato de Llogateres en defensa del Alquiler Justo.


En tiempos donde la casa se levanta como el bastión de la protección y el cuidado en medio de la crisis, es que debemos comprender la vivienda como un Derecho Social Básico. Tal como lo han venido diciendo con fuerza en Chile las organizaciones de pobladores y pobladoras como Ukamau, Movimiento solidario Vida Digna y Movimiento de Pobladores en Lucha.


Defender nuestras casas, pero defender con fuerza nuestros barrios y reclamar por mayores espacios públicos es urgente. Sobre todo en Chile, donde tras las revuelta popular de octubre de 2019 sentimos que las calles nos pertenecen más que nunca, y que ningún virus borrará los años de organización política que avanzamos asamblearia y territorialmente.


Los efectos materiales que CODVID-19 dejará sobre la vida de las personas serán enormes. Y los asumirán las personas más precarizadas, tanto laboralmente, como por las condiciones en las que viven. Pensemos en el aumento de la violencia de género y crisis de los cuidados en contextos de cuarentena.


Para las y los estudiosas/os de los ciclos de acumulación del capital, las crisis económicas han sido la salida que el mismo sistema económico genera a sus excedentes de sobreacumulación de capital Financiero (Harvey, 2007,2010, 2011) Se trata de reventar el globo que ya no permite seguir acumulando. Cuyos costos generalmente son asumidos por los estados, traduciéndose en recortes del gasto social y salvataje del capital financiero, otorgando prestamos a la banca y reactivando nuevamente los ciclos de acumulación, como ya hemos visto en Chile con los anuncios del gobierno de Sebastián Piñera.


Los efectos del neoliberalismo sobre la salud pública y las condiciones de vida de las personas no dan para más, y solo reafirman los valores de la rebelión de octubre. No más miseria. A recuperar la vida pública, feminista y comunitaria.



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