Caminar y relato urbano. La experiencia de las mujeres en las ciudades.



Introducción

Pensar en la presencia de las mujeres en el espacio público de la ciudad es preguntarse por las barreras, problemas y luchas que estas atraviesan y han atravesado para llegar al día de hoy. Preguntarnos por el pasado nos ayuda a comprender el presente y a detectar lo que aún debemos transitar para un igual acceso a la ciudad.

Es por eso que conocer la historia de las mujeres en el espacio público, nada más ni nada menos que atravesándolo, caminando a través de él, se vuelve una tarea que nos permite no solo reflexionar sobre nuestra historia y nuestro presente sino también rescatar la historia de las mujeres y su relación con el espacio.


Desarrollo

Un libro que nos puede abrir el camino es Flâneuse. Una paseante en París, Nueva York, Tokio, Venecia y Londres de Lauren Elkin. Este nos introduce la figura del flâneur y la pregunta por la flâneuse.

La escritora Lauren Elkin presenta al flâneur como:


<el que callejea sin rumbo> nació en la primera mitad del siglo XIX en los passages cubiertos de vidrio y acero de París. (...) Imagen del ocio y del privilegio masculino, con tiempo y dinero, y sin responsabilidades inmediatas que reclamaran su atención, el flâneur entiende la ciudad como pocos de sus habitantes, porque él la ha memorizado con los pies.


Baudelaire, poeta y testigo de la época y de la modernidad, reconoce al flâneur como “el pintor de la vida moderna”, hombre y caminante aficionado al espectáculo urbano, observador perdido entre la multitud. El flâneur no es solo una figura libre de caminar y observar, sino que también es el artista que se inspira en lo que ve en la ciudad y que, a partir de estas experiencias, crea arte transmitiendo su visión de esta.

¿Pero podía ser el pintor de la vida moderna una mujer?

El flâneur era masculino y no se habla de su equivalente flâneuse femenino, figura estudiada posteriormente por investigadoras como Griselda Pollock, Janet Woolf y Lauren Elkin.

La escritora Anna María Iglesia en su libro La revolución de las flâneuses sostiene que esta figura existía, pero sin nombre ni relato; eran invisibles, “no porque no existieran, sino porque nadie se detenía en ellas o, mejor dicho, porque el control y la vigilancia sobre la mujer que caminaba sola por la calle la volvía invisible, la borraba del mapa.” La autora sostiene que a la hora de pensar y buscar a las flâneuses, debemos preguntarnos por las observadoras, las críticas, las artistas, las poetas de la ciudad, considerando las flâneuses como creadoras de una experiencia y relato urbano.

Lauren Elkin sostiene al respecto que “las fuentes más accesibles sobre el aspecto que tenía el paisaje urbano en el siglo XIX proceden de hombres, y ellos ven la ciudad a su manera. No podemos tomar su testimonio como una verdad objetiva.” ¿Cuál era la visión que tenían las mujeres de la ciudad y la vida en ella?

La invisibilidad de su voz en el relato contrasta con la visibilidad del cuerpo de la mujer al caminar, opuesta a la necesidad del flâneur de ser invisible para observar. Ellas no pueden perderse en la multitud al caminar ya que esa multitud las observa y juzga. Son los hombres los que caminan y observan libremente la ciudad. Las mujeres de la época no cuentan con esta libertad de moverse y de perderse en sus paseos sin ser notadas, no pueden observar libremente porque ellas ya son observadas.

Como sostiene Rebecca Solnit en su libro Wanderlust. Una historia del caminar, “El caminar femenino suele ser entendido como una exhibición o un espectáculo más que como un traslado de un lugar a otro, y ello porque se supone que las mujeres caminan no para ver, sino para ser vistas, no para su propia experiencia, sino para un público masculino.” Esto no nos sorprende en el siglo XXI, cuando el caminar de las mujeres sigue despertando los llamados “piropos” y levantando miradas indeseadas.

Sostiene Liaño Bascuñana que la movilidad de las mujeres de la “buena sociedad” en el París de finales del siglo XIX, es decir las mujeres burguesas, estaba totalmente limitada; a diferencia de lo que sucedía con los hombres, se veían restringidas predominantemente a ámbitos interiores.

Es necesario aclarar la diferencia no solo de género sino también de clase, ya que, como sostiene Lauren Elkin “hasta finales del siglo XIX las mujeres de las clases medias y baja tenían muchas razones para estar en la calle y salían por ocio o para trabajar como dependientas, voluntarias de una organización benéfica, empleadas domésticas, costureras, lavanderas, entre otras labores.”

Sin embargo, aún si las mujeres de clases más bajas tenían mayor presencia en las calles, no contaban con las libertades de los hombres para estar en el espacio público. Tampoco las prostitutas, las mujeres que mayor presencia tenían en las calles, ya que estaban restringidas por normas y controles.

En relación a las mujeres de clase acomodada, como explica la historiadora de arte Griselda Pollock en su texto “Modernidad y espacios de la femineidad”:


Para ellas, los espacios públicos así construidos representaban un riesgo constante de perder la propia virtud, de ensuciarse. Mostrarse en público y la idea de la desgracia estaban particularmente unidas. Para ellos [los hombres], salir significaba perderse en la multitud y demandar respeto.


Las mujeres que estaban en la calle podían ser consideradas prostitutas callejeras, manchando de esta forma su reputación social. Como describe la historiadora:


Para las mujeres burguesas, ir al centro de la ciudad y mezclarse con multitudes

de composición social heterogénea resultaba amenazante, no sólo porque se convertía en algo cada vez más alejado de lo familiar, sino porque era moralmente peligroso.

Se ha argumentado que para mantener la respetabilidad, estrechamente identificada

con la femineidad, era necesario no exponerse en público. El espacio público

era oficialmente un terreno de y para los hombres; el que una mujer entrara en

sus fronteras, suponía riesgos inusitados.


No solo las mujeres tenían menos libertades que los hombres de caminar y moverse en el espacio público como mencionamos anteriormente, sino que también tenían vedado el acceso a ciertos espacios concurridos por los hombres, como los cafés, ciertos espectáculos, ciertas áreas de los teatros, y por supuesto, los burdeles.

Con la finalización del siglo se iría normalizando el uso del espacio público por parte de las mujeres de todas clases sociales. El surgimiento de los grandes almacenes, por ejemplo, contribuyó a la mayor presencia y normalización de las mujeres en público.


La década de 1890 vio llegar a la Nueva Mujer, que iba en bicicleta adonde se le antojaba, y a las jóvenes que obtenían su independencia trabajando en tiendas y oficinas. La popularidad del cine y de otras actividades de ocio a comienzos del siglo XX y la incorporación a gran escala de la mujer al mercado laboral durante la Primera Guerra Mundial confirmaron la presencia de las mujeres en las calles.


Las mujeres artistas de la época vivieron estos condicionamientos sociales y de género, por lo que su experiencia en la ciudad y su relato artístico y urbano diferirá del de sus compañeros hombres.


Conclusiones

Como sostiene Lauren Elkin “ciertamente, siempre ha habido un gran número de mujeres en las ciudades, y muchas han estado escribiendo sobre estas ciudades, han descrito su vida, han contado anécdotas, han hecho fotografías, han filmado películas y han participado de ellas como podían”. Es esta visión, estos relatos hechos por mujeres, los que buscan difundir hoy en día muchos proyectos editoriales, culturales y urbanos de distintas ciudades del mundo. Aunque el contexto varíe, nos encontramos tanto en la historia como en la actualidad con la desigualdad de acceso a los espacios públicos. Es preciso, por lo tanto, rescatar y difundir los relatos de mujeres sobre sus experiencias y seguir preguntándonos por las nuestras, por las limitaciones o barreras con las que hoy nos encontramos, y pensar una ciudad en la que todas y todos podamos caminar sin poner en riesgo nuestra seguridad.

“Las mujeres estaban allí; hemos de procurar entender lo que significaba para ellas pasear por la ciudad.” Y, agrego, lo que significa hoy para nosotras.





Georges Stein, “Paris, Avenue Vous Bois De Boulogne”, (1818-1890, France), Reproductions De Qualité Musée Georges Stein.


Referencias.

  1. Lauren Elkin, Flâneuse. Una paseante en París, Nueva York, Tokio, Venecia y Londres, España, Malpaso, 2017.

  2. Anna María Iglesia, La revolución de las flâneuses, España, WunderKammer, 2019, p.25.

  3. Rebecca Solnit, Wanderlust. Una historia del caminar, España, Capitán Swing, 2015, p. 343.

  4. María Francisca Liaño Bascuñana, “Mary Cassatt y Los Espacios de la Feminidad”, España, Universidad de Murcia, 2015, p. 50.

  5. Griselda Pollock, “Modernidad y espacios de la femineidad”, en Karen Cordero Reiman e Inda Sáenz, Crítica feminista en la teoría e historia del arte, México, Universidad Iberoamericana, 2007, p. 264.




Sobre la autora.


Agustina Atrio es Licenciada en Relaciones Internacionales en la Universidad Nacional de Rosario y ha realizado el curso de postgrado “Historia del Arte en Femenino. La Mujer Artista en la Historia: Una Propuesta para Educación en Igualdad de Género” en la UNED. Desde 2018 lleva a cabo el proyecto Despaseando de prácticas culturales orientadas a conocer, repensar y experimentar las ciudades en la ciudad de Madrid, realizando también actividades en otras ciudades como Rosario. Organiza Clubs de lectura de libros de escritoras a partir del proyecto Books & Walks, el cual busca conocer las experiencias de las mujeres en distintos espacios, sobre todo urbanos, a través de la literatura.

atrioagustina@outlook.com ; despaseando@outlook.com




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