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"ANAMURI nació en rebeldía para sumar al movimiento sindical campesino"


Entrevista a Alicia Muñoz

Por Camila Cifuentes Croquevielle


La Asociación Nacional de Mujeres Rurales e Indígenas (ANAMURI) cumple 20 años. Una organización que reúne a campesinas de todo el país que luchan por sus territorios, trabajo digno y que además ha generado redes nacionales e internacionales en Latinoamérica, con la Coordinadora Latinoamericana de Organizaciones del Campo (CLOC), con la Vía Campesina y con otras organizaciones de todo el mundo. Ciudad Feminista conversó con una de sus fundadoras, Alicia Muñoz, quién nos relató su experiencia en la lucha campesina, entretejida con la propia historia de ANAMURI y del sindicalismo campesino en Chile.



Soy campesina y nací en el cerro, bajo un avellano

Mi nombre es Alicia Muñoz Toledo, soy campesina de alma y vida, una mujer que no corta sus raíces con la tierra. Yo nací en la cordillera, debajo de unos avellanos en el Fundo Agua Fría (región del Maule) en el año 1946, donde tanta civilización no había, por lo que daba lo mismo que mi madre pariera en la cordillera o tuviera una carreta para bajar al pueblo.

El fundo era de tres dueños vascos, arrancados de la guerra y que aquí se hicieron millonarios a costa de mucha gente humilde que llegaba a pedir trabajo. Viví ahí con mi mamá y hermanos, y estudié en una escuela rural hasta los 12 años, porque un día las patronas del fundo llegaron a la casa a pedirle a mi mamá que yo me fuera con ellas, porque necesitaban una niña que les ayudara. Mi mamá ya no tenía mucha gente que la ayudara, mi papá ya estaba muerto y mis tres hermanos tenían que turnarse para pagar la obligación -que era el pago a través de servicios a las casas patronales que se hacía para poder vivir en el fundo.


Entonces mi mamá con harto dolor me dice que me tengo que ir y así fue que yo llegué a segundo o tercer año de preparatoria, con suerte aprendí a sumar. En las casas patronales viví hasta los 15 años, fue muy duro, pero eso mismo me hizo descubrir en mí un sentido rebelde, porque la misma historia te va enseñando cómo te piden a ti como cabra chica para ir a trabajar y no tienes un espacio para jugar con los hijos de los patrones, que eran de mi misma edad. Todas esas cosas me generaron una rebeldía innata, y cuando los trabajadores del fundo se empezaron a organizar así pa’ callao, yo me metía con ellos, participé de eso y me gustó mucho porque era como jugar a la escondida, donde todo era clandestino.


Unidad Popular y Reforma Agraria como mi escuela de vida

Pasó el tiempo y con el crecimiento de los sindicatos y después con la Reforma Agraria, la cosa se puso cada vez más interesante, se firma la Ley de Reforma Agraria, la Ley de Sindicalización Campesina, los sindicatos empiezan a ser legales y empieza una oleada muy interesante que una, incluso sin saber leer, entendía lo que estaba pasando.

Los días domingo se bajaba de los cerros y nos juntábamos hombres y mujeres vecinos del fundo en los sindicatos a conversar, a tomar mate, lo que era una cosa que antes no se daba. También empezó a llegar gente de fuera del fundo, como parte de la Reforma Agraria, como gente de la Corporación de la Reforma Aagraria, de la CONAF, el INDAP, y además cada partido empieza a formar comisiones agrarias, formada por mujeres y hombres, que iban al campo a hablar con nosotros a explicarnos para dónde iba la micro.

Yo pertenecía a la Confederación Ranquil que formamos en los años 60, que era la organización del campo más grande de Chile, desde Arica hasta Punta Arenas. Ahí se fueron agrupando todos los sindicatos que nacieron de la clandestinidad y se fueron a la Central Única de Trabajadores, que estaba en todos los pueblos. Entonces había una CUT provincial en Molina, que agrupaba a todos los sindicatos de los fundos de la provincia, el nuestro era el sindicato comunal La Marcha. Eran sindicatos muy combativos, para cada toma de fundo nos llamaban.


Ahí también formamos el centro de madres, que después en dictadura los toma Lucía Hiriart y forma CEMA Chile, pero resulta que originalmente los centros de madre los creó la esposa de Frey Montalva, la señora Maruja, que abre un espacio de dignificación a las mujeres, que les entregaron máquinas para que pudieran producir, aunque les dijeran que era para sus hijos, pero que nos permitieron salir de la casa a lo público. Para nosotras ese fue el primer paso, para mí fue la primera vez que pude comprender la diferencia entre la vida privada y la vida pública, porque saliste de las cenizas para actuar en el espacio público que era el sindicato o el centro de madres, y donde te puedes parar a hablar y la gente te escucha. Por todo eso la Unidad Popular para mí fue muy importante, de mucha actividad y dignidad, de moverse por los campos, levantar la figura de Salvador Allende, bajar a la gente en camión de los cerros al pueblo, pintar lienzos, organizarnos. Fue un proceso muy lindo y yo lo viví en carne propia, pero así también viví el fracaso con el golpe militar y el proceso de una reforma agraria inconclusa. Eso fue muy doloroso.


Sobrevivencia y organización en dictadura

Con el golpe militar empezó el proceso de buscar a las personas, mis compañeros, mis hermanos que estuvieron en Tres Álamos. Ya no había nadie, ni los partidos, ni la familia, en el campo, no quedaba nadie porque los echaron con metralleta en mano de la hacienda. La búsqueda fue un proceso duro, pero muy formador para una mujer de campo como yo, tener que darle aliento a otra mujer que estaba en las mismas que yo, buscando a su hermano o a su esposo. Era una espera de días y semanas en que no se sabía nada hasta que publicaban las listas, yo iba al Estadio Nacional a revisar y me daba cuenta que estaban todos los dirigentes detenidos ahí. Decía yo “si está toda la gente presa, estoy sola, qué estoy haciendo yo acá”. A través de la radio del Arzobispado me enteré que estaba el Pro Paz (Comité de Cooperación para la Paz, que paso a ser la Vicaría de la Solidaridad), y empecé a ir para decir cuánta gente estaba buscando y enterarme de quiénes tenían anotados ellos, como armando el mapa de nuevo.


Cuando me separé de mi marido por maltratador, viví en casa de compañeros que estaban desaparecidos, como no tenía donde vivir, me instalaba ahí nomás con mis cuatro hijas, aunque llegara la DINA. A veces estaban mis hijas chicas y llegaba la DINA y ellas decían que yo estaba trabajando, entonces ahí partía a otra casa y así. Vivía entre Santiago y el campo, trabajaba de lavandera para unas fábricas y me metí al Sindicato de Cristalerías Chile y ahí conocí a mujeres muy choras, como la Carmen Lazo y la Mireya Baltra, y con ellas trabajé en el Comité de Huelga de las Mujeres, siempre hablándoles del tema del campo. Ahí crecí y aprendí mucho.


Junto con la Vicaría formamos los comités de abastecimiento en las cárceles, y los que trabajábamos temas del campo formamos el Departamento Campesino. Un día el Cardenal Silva Henríquez nos convoca a las confederaciones campesinas, ONGs, académicos, todos los que hablaran del campo a un simposio campesino en Punta de Tralca. En ese simposio el Cardenal nos dice a todos los dirigentes sindicales que como departamento campesino ya habíamos crecido y teníamos que constituirnos independientemente, entonces las confederaciones formamos lo que se llamó la Comisión Nacional Campesina Unidad en la Acción, ahí por primera vez tuvimos que encontrarnos desde los de izquierda hasta los demócrata cristianos, estaba el MAPU, la Unidad Obrero-Campesina, Triunfo Campesino, la Confederación Libertad (que hoy se llama Confederación Nacional Campesina), la Sargento Candelaria y la Ranquil. Además de esos estaban las cooperativas, y las asociaciones gremiales encabezadas por José Bengoa.


La dirección de la Comisión Nacional Campesina era súper seria y con dirección rotativa, era una cuestión de compromiso político, donde cada confederación tenía la dirección por seis meses. Ahí las mujeres formamos el Departamento Femenino y logramos hacer siete encuentros regionales para preparar el encuentro nacional en 1986, con 450 mujeres en Punta de Tralca. El objetivo era saber en qué estaban las mujeres, cómo estaban sobreviviendo a la dictadura, cuáles eran sus necesidades más inmediatas, qué pasaba con sus familiares, cuáles eran sus estrategias de sobrevivencia.


Incluso le entregamos a Pinochet y su gobierno, a empresarios y a dirigentes sindicales de la confederación un set de cartillas que decían la importancia del espacio de las mujeres en la confederación, o sea nosotras sin saber que éramos feministas estábamos metiendo el tema desde esos años. Así también había compañeros hombres que nos cuestionaban lo que estábamos haciendo.


Vuelta a la democracia y trabajo feminista (sin saberlo)

En 1991 llamamos a un segundo encuentro de mujeres campesinas, para saber en qué estábamos hoy día en democracia, y ahí la evaluación era que las organizaciones estaban flaqueando, se estaban viniendo abajo porque no había apoyo. Se notaba que había un escenario nacional de inmovilización. Se limitaban a esperar a ver qué soluciones venían desde arriba, era información que venía de todas partes, desde las ONGs, los partidos, que había que estar tranquilos porque estábamos en un trance político.


En 1993 hicimos las primeras demandas por los plaguicidas, que no era un tema tan político, pero nosotras veíamos que estaban pasando cosas muy terribles en el ámbito del trabajo, las guaguas nacían con malformaciones. Hicimos el video “Cuerpecitos de niño”, que ya en esa fecha pudimos constatar que era un tema grave. Sale la obstetra Victoria Mella de Rancagua que decía que se daba cuenta cuando llegaban las mujeres embarazadas con malformaciones o con pérdidas, y todas de la agricultura, todas temporeras del campo. Ella estudió lo que pasaba y la investigación que hizo no la quisieron publicar y a ella la sacaron de la maternidad y la pusieron en otra parte.

Eso pasaba mientras en esta democracia recién ganada, los que estaban dirigiendo el país, seguían celebrando el NO. Cuando mostramos ese video, los compañeros nos vinieron a decir que paremos la mano, porque puede ser peligroso, porque las empresas están ahí y dependemos de ellas. Nos llaman a una reunión con el ministro de agricultura de Aylwin, que nos dice que bajemos la guardia porque puede ser más malo el remedio que la enfermedad. Esa fue la respuesta del gobierno de la Concertación.


ANAMURI nació en rebeldía, para el movimiento campesino

Veíamos cómo la Comisión Nacional Campesina perdía fuerzas, pero fuimos las mujeres con el Departamento Femenino que la mantuvimos en pie y nos estábamos quedando solas. Además, el gobierno estaba tomando posición, por ejemplo con el programa INDAP-PRODEMU, que hacían grupos de mujeres por todo el país y que un día llamaron a los compañeros de nuestra organización a una reunión para discutir programas de mujeres, y los hombres se matricularon en esa idea, apropiándose de nuestro trabajo de años. Ahí nos enteramos por detrás que ellos estaban haciendo los programas de mujeres sin nosotras, armaron el SERNAM con el programa de desarrollo de la mujer que presentaron en la conferencia de Beijing en 1995, y nos dimos cuenta que las mujeres rurales y campesinas no existíamos en ese documento. A partir de ahí se define en la CEPAL que nosotras tenemos que hacer un apartado donde se hizo un trabajo por todo el país y con esos resultados se hace un simposio en la CEPAL y se saca el PIO-Rural (Plan de Igualdad de Oportunidades para la Mujer Rural). Con esto nos dimos cuenta que si no armábamos nosotras una organización para y por nosotras, nos la iba a armar el gobierno.


Un día la CUT nos pidió hacer una capacitación en plaguicidas porque ellos no tenían ninguna capacidad de hacerlo. Nosotras accedimos a cambio de que nos sirviera para convocar a mujeres y convencerlas de la necesidad de hacer una organización de mujeres. Hice la convocatoria y llegaron más de 80 personas y salió perfecto, con dirigentes sindicales, médicas y expertas en plaguicidas. De ahí quedaron las mujeres amarradas, mis vacaciones las hice recorriendo el sur invitando a mujeres para la organización, las invitaba a todas para constituir esta organización y llegaron a mediados del 98’ a acompañar este proceso, ahí constituimos la ANAMURI. Salirnos de nuestras confederaciones para armar el ANAMURI era como separar un matrimonio para nosotras, con todos los problemas, las zancadillas, la discriminación de los hombres. Pero yo estaba segura de que lo habíamos hecho porque siempre dijimos que ANAMURI nació en rebeldía, pero no para dividir sino para sumar al movimiento sindical campesino.

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