Ana Falu: Nos diluyen porque nos asignan el rol reproductor como lo central de nuestra existencia.

Los días 18 y 19 de noviembre pasado nos convocamos junto a la Red de Mujeres por la Ciudad en nuestro primer seminario internacional Mujeres y Ciudades, patrocinado por la Universidad Católica, con diversas exponentes internacionales, como Lourdes García y Zaida Muxi, además de comentaristas nacionales como nuestra compañera Patricia Retamal o Paola Jirón de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile.


Decidimos juntarnos en medio de una coyuntura tan compleja precisamente porque nos parece más importante que nunca pensar desde las mujeres y los feminismos la Ciudad como organismo vivo y a partir del cual surge esta revuelta popular que nos abre hoy el camino para sentarnos y, al fin, pensar cuál es el camino que queremos construir como país.


Aprovechamos la instancia para conversar con la arquitecta argentina Ana Falu, una de las principales expositoras del urbanismo feminista latinoamericano sobre los desafíos que enfrentan las ciudades a la hora de prevenir y enfrentar la violencia hacia las mujeres desde la estructura urbana.

¿Cómo nos imaginamos una Ciudad Feminista?

Para Ana Falu la construcción feminista de una ciudad tiene que ver con la necesidad de equidad y la reducción de la “obscenidad de la riqueza y la obscenidad de la pobreza”, al mismo tiempo que se trabaja en una real inclusión que significa dejar de pensar la ciudad -y no solo la ciudad, decimos nosotras, sino toda construcción humana- desde el sujeto neutro desde el cual ha sido pensada, al tiempo que diluye a las mujeres en la familia: “Nos diluyen porque nos asignan el rol reproductor como el rol central de nuestra existencia” afirma la Arquitecta.

La idea de inclusión ha generado roces históricos en el feminismo en tanto puede ser fácilmente apropiada desde corrientes liberales que aspiran netamente a una igualdad de género, que no reivindica cambios estructurales, sino, vale la redundancia, igualarnos a los privilegios que al día de hoy son casi exclusivamente masculinos, sin embargo la destacada arquitecta profundiza, más adelante, en que la inclusión no refiere a esto.

Gozar del derecho a la ciudad significa para Ciudad Feminista, sin embargo, no solamente poder andar de noche en las calles y sentirnos seguras como lo hace la masculinidad hegemónica, sino modificar estructuralmente la forma en que nuestros espacios se han construido y desarrollado: Necesitamos cuestionar las estrategias inmobiliarias que crecen a costa de la destrucción de los sistemas ecológicos que rodean las urbes, necesitamos cuestionar los altísimos niveles de consumo que hoy significa que las ciudades produzcan más desechos de los que son capaces de procesar. Porque cuestionar esos hábitos y modificarlos nos permite poner en el centro del desarrollo urbano el cuidado de la vida, pero también porque cuando se manifiestan las crisis ecológicas somos las mujeres quienes aumentamos aún más nuestra carga en tanto “Las mujeres somos las grandes defensoras del medio ambiente, somos las que más cuidamos el consumo del agua cuando escasea (...) porque son las mujeres las que se encargan de la higiene de la familia, de los alimentos, de la limpieza de los hogares, del cuidado de los animales domésticos, de la huerta, de las plantas cuando las tienen. Son las mujeres las que cuidan”. Es decir, de la reproducción de a vida.


La ciudad y lo cotidiano

Pero también necesitamos modificar lo cotidiano y hacer que, como se ha pregonado en las presentes movilizaciones, que valga la pena vivir. Entender precisamente que ese sujeto neutro criticado por Falu no existe y que hoy tanto hombres y mujeres como los cuerpos no hegemónicos y no binarios habitan el espacio urbano. Desde ahí, es fundamental “asignar valor a lo cotidiano, es decir, pensar la vida en clave de la realidad de cómo nos movemos día a día, cómo se mueven mujeres y cómo se mueven hombres hoy, todavía en la persistencia de la división sexual del trabajo, en este modelo que persiste el patriarcado” al mismo tiempo que reconocemos las diferencias existentes. Dice Falu, “Yo quiero ser diferente, pero no desigual”.


Recoger las diferencias, más no las desigualdades

Para Falu, la clave está, además de lo que ya hemos mencionado respecto a la disminución de las brechas de riqueza y pobreza y la valorización de lo cotidiano, ambos elementos claves dentro de la perspectiva de un feminismo emancipador, en algo que sitúa como la microfísica del espacio, es decir, “mirar esa calidad que va desde la textura de las veredas, las iluminaciones, la rama del árbol que te tapa las iluminaciones, desde el micro espacio de la casa, la esquina que tiene la mujer en la casa” y, en el fondo, una serie de obstáculos cotidianos que al modificarlos podrían mejorar la caminabilidad segura de mujeres y niñas, así también repensar los espacios de cuidados y fomentar su colectivización.

Por eso, Ana resalta que la inclusión no es necesariamente lo mismo que la igualdad, en tanto para ella significa empezar a considerar “Eso que se omite, el cotidiano de las mujeres ¿Por qué? Porque somos las cuidadoras de la humanidad. Las mujeres somos hasta aquí, por excelencia, las cuidadoras de la humanidad, las que dedicamos según todos los estudios que se han hecho, entre 16 y 22 horas por semana, más que los varones en las tareas del cuidado (…) todo lo cotidiano está en general (…) en manos de mujeres aún hoy”.

Frente a esta invisibilización la autora señala, “¿Hay perversión? No. No hay perversión, hay ignorancia, incapacidad de ver esto como parte necesaria de correr los bordes de la democracia. Si no incluimos a toda esta población en la forma de planificar, vivir y ver la ciudad, estamos dejando a más del 50% afuera”.


En la imagen: Catalina Zuñiga, Valentina Pineda, Ana Falu, Manuela Pertier. Equipo Ciudad Feminista


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